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A escasos días de las elecciones del pasado 9-M, todos los análisis y reflexiones continúan hipotecados a lo que hicieron o dejaron de hacer los partidos que supuestamente encarnan a una de esas dos Españas que –según el verso de Machado- nos helará el corazón. Me parece correcto que la hecatombe de Izquierda Unida se interprete dentro de esos parámetros, pues el propio Llamazares cavó su tumba desde que se resignó a ser el saltimbanqui de una de las dos Españas. Sin embargo, no estoy de acuerdo con la exégesis electoral que se empeña en explicar el ascenso de Rosa Díez -bien a costa del PP o bien a costa del PSOE- porque quienes hemos votado por UPyD creemos que existe una «Tercera España» que no representan ninguno de los dos grandes partidos.
Pienso que a muchos votantes potenciales del PSOE les indignó el mal llamado «proceso de paz», la reedición del Frente Popular con los nacionalistas radicales, la malintencionada gestión de la ley de Memoria Histórica, la negación de la evidencia de nuestro descalabro educativo y la obscena oferta de sobornos travestidos como ayudas o subvenciones. Por otro lado, a muchos votantes potenciales del PP les indignó la complicidad con la «teoría de la conspiración», la cerril oposición al reconocimiento de los derechos de los homosexuales, la excesiva dependencia de la jerarquía eclesiástica, la desatinada campaña contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía y el deplorable espectáculo ofrecido por culpa de las divisiones internas. Finalmente, muchos ciudadanos de distinto signo ideológico pensamos que los jueces no pueden actuar como si fueran representantes de los grupos parlamentarios, que nuestra legislación electoral necesita una reforma radical, que los intereses partidarios de los grupos de comunicación nos han condenado a una perversa «mediocracia» y que urge una regeneración democrática que garantice la convivencia pacífica, la igualdad ante la ley y la defensa de las libertades. Como se puede apreciar, las simpatías y lealtades que Rosa Díez ha convocado no son ideológicas, sino más bien éticas, intelectuales y razonables. Por eso la «Tercera España» es transversal y prefiere honrar «lo que nos une».
Cada vez que me pregunto por las figuras que podrían encarnar esa «Tercera España», siempre pienso en Salvador de Maradiaga, un intelectual preterido y olvidado que también tuvo que exiliarse tras la guerra civil, pero cuya memoria no es venerada por ninguna de las dos Españas porque Madariaga fue un liberal, un hombre moderno de ideas progresistas y tal vez el primer español poseído por una vocación genuinamente europeísta. No obstante, cada vez que alguien me habla de las dos Españas, inevitablemente recuerdo aquel pasaje del «Quijote» donde Sancho narra cómo dos degustadores de vino discrepaban sobre el sabor del caldo: uno aseguraba que sabía a hierro y el otro estaba persuadido de que el vino tenía gusto a cuero. No se pusieron de acuerdo, pero cuando el tonel quedó vacío encontraron al fondo una llave de hierro atada a una badana de piel.
Muchos de los problemas de nuestra convivencia diaria se originan por discrepancias semejantes a la ilustrada por Cervantes en el capítulo XIII de la segunda parte del «Quijote», pues ninguna de las dos Españas está dispuesta a reconocer el porcentaje de verdad y de razón que está en poder de la otra: o badana o hierro. Sin embargo, los lectores del «Quijote» tenemos la oportunidad de inmunizarnos contra la necedad y la cerrazón, y por eso estoy convencido de que Cervantes también representa a esa «Tercera España» que no desea encastillarse en ningún campanario.
Si a pesar de las adversidades Rosa Díez ha conseguido convertir a UPyD en la quinta fuerza más votada, dentro de cuatro años –como las dos Españas continúen aporreándose igual que los energúmenos de Goya- habrá muchos más ciudadanos que quieran darse el gusto de votar a favor de la «Tercera España».
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